“10. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?

11. Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.”

Juan 8:4-11 (Leer)

Una mujer fue sorprendida en adulterio y, de acuerdo a la ley mosaica, tales mujeres deben ser apedreadas, por lo cual los fariseos y los escribas la traen delante de Jesús para tentarle y poder acusarle de no cumplir la ley. La narración dice que Jesús escribía en el suelo, como que no escuchaba lo que le estaban diciendo, o simplemente porque Él conocía la intención de aquellos hombres, los cuales traían piedras en sus manos para cumplir con lo establecido en la ley.

La narración continúa con: “Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”… y fue una respuesta llena de sabiduría, de misericordia, de amor, la cual, hasta el día de hoy sacude nuestras conciencias, y nos enrostra nuestra decadente naturaleza humana, ávidos de justicia, pero siempre y cuando no nos afecte a nosotros, al declarar esas palabras Jesús vuelve a inclinarse y sigue escribiendo en tierra. El ambiente duro, tosco, violento, y bullicioso, de pronto cambia a un cautivante silencio, en que solo se escuchaba el agitado palpitar de corazones, que avergonzados por su conciencia, desde los más viejos a los más jóvenes, comienzan a dejar caer las piedras que sus temblorosas manos ya no pueden sostener… todos se sienten pecadores, y abandonan la escena como escondiéndose de sí mismos.

Jesús levanta su cabeza y no ve a nadie, sino solo a la angustiada mujer, humillada, y temblorosa… y le pregunta “¿donde están los que te acusaban?, ¿ninguno te condenó?”, ninguno Señor, balbucea la mujer… “ni yo te condeno; vete, y no peques más” le dice Jesús. El pecado de esa mujer, tu pecado, mi pecado, Dios lo cargó sobre Jesús en la cruz del calvario, y por su muerte nos perdonó, y nos limpió, y nos salvó, y nos dió su vida, esa que ahora, arrepentidos y sin condenación, disfrutamos solo en Él. Maravilloso Salvador.

Pr. Herman Gajardo P.