UN CORAZÓN Y UN ALMA

“32. Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.”

Hechos 4:32

La intervención del Espíritu Santo, en la vida de las personas que estaban dando inicio a la Iglesia, fue trascendental e imprescindible, pues al venir a llenar con su Presencia a cada uno de ellos, produjo un efecto inmediato en la manera de ser y de actuar de ellos, de la misma manera que en el Antiguo Testamento encontramos al profeta Samuel dándole instrucciones a Saúl, a quien recién lo había ungido como rey de Israel, y le dice: “Entonces el Espíritu de Jehová vendrá sobre ti con poder, y profetizarás con ellos, y serás mudado en otro hombre” (1 Samuel 10:6), y esa acción fue exactamente la misma que comenzaron a experimentar los discípulos de Jesús que recibieron al Espíritu Santo en sus vidas; lo primero que establece es que el Espíritu Santo vendrá sobre ellos con poder, lo segundo es ya la consecuencia inmediata de comenzar a profetizar, o sea, declarar las maravillas de Dios, lo que efectivamente sucedió y todos en Jerusalén fueron testigos de ello, aún los turistas que visitaban la ciudad.

Lo tercero, que el profeta Samuel le declara a Saúl, es que sería mudado en otro hombre, de manera que ya no sería el mismo, o sea sería totalmente transformado. Y eso es precisamente lo que comenzaron a experimentar los que estaban siendo parte de la Iglesia naciente, pues el versículo que leemos hoy, dice: “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común”, o sea, comenzaron a tener el mismo sentir que había en Cristo Jesús, pues empezaron a sentir la necesidad de ser uno, tal como Jesús le pidió al Padre: “que ellos sean uno… como tú y yo somos uno” (Juan 17:21). La unidad debe ser la premisa en nuestras congregaciones, todos debemos ser de un corazón y un alma.

Pr. Herman Gajardo P.