“35. Me diste asimismo el escudo de tu salvación; Tu diestra me sustentó, Y tu benignidad me ha engrandecido.

36. Ensanchaste mis pasos debajo de mí, Y mis pies no han resbalado.”

Salmo 18:35-36

En estos versículos que leemos hoy, David reconoce y manifiesta lo que Dios ha sido en su vida, él aprendió de la bondad y misericordia del Señor desde que era un niño aún, y mientras cuidaba las ovejas de su padre experimentó el tener que enfrentarse a osos, lobos, y leones, para proteger el rebaño que estaba bajo su responsabilidad, y él en esas circunstancias aprendió a confiar no en su fuerza, ni en sus habilidades, sino solo en Dios, pues solo Dios le daba la fuerza y la habilidad para salir airoso de toda situación adversa, y en su corazón agradecía a Dios por estar siempre con él. El versículo 35, comienza diciendo: “Me diste asimismo el escudo de tu salvación”, o sea, honraba a Dios porque su salvación venía de Él, y en Él estaba seguro. Luego, dice: “Tu diestra me sustentó”, pues era la mano de Dios que cuidaba de él.

Además, agrega: “Y tu benignidad me ha engrandecido”, o sea, la bondad y misericordia de Dios que él glorificaba lo hacían sentirse grande, gozoso, valiente, tremendo ejemplo a seguir para nosotros, el de reconocer que todo viene de Dios y por Él vivimos y nos movemos. El versículo 36, dice: “Ensanchaste mis pasos debajo de mí, Y mis pies no han resbalado”, reconociendo que gracias a Dios ha podido avanzar en su vida, más allá de lo que él esperaba alcanzar, y además, Dios lo había cuidado de no tropezar, pues si caminamos bajo la dirección del Señor, Él se encargará de encauzarnos para bien y para guiar a otros a que conozcan a Dios. Ven este domingo a la Casa del Señor, el Padre espera por ti.

Pr. Herman Gajardo P.