“7. Porque has sido mi socorro, Y así en la sombra de tus alas me regocijaré.
8. Está mi alma apegada a ti; Tu diestra me ha sostenido.”
Salmo 63:7-8
Cuando David era ya rey, uno de sus hijos, llamado Absalón, hizo un golpe de estado y usurpa el trono de su padre, con intenciones de matarlo y si era necesario destruir la ciudad de Jerusalén, donde estaba el palacio del rey. Para evitar la destrucción de la ciudad y además evitar la muerte de muchos, David decide dejar el palacio y no enfrentarse a su hijo, y huye hacia el desierto. (2 Samuel capítulo 15).
Mientras van camino al desierto, al exilio, muchos le increpan su decisión, pero David, sube a un monte en ese desierto, descalzo, llorando, dice la Palabra, y al llegar a esa cumbre, David adora al Señor, su oración no fue para pedir venganza, ni para que Dios juzgara, sino que su oración fue para glorificar a Dios en medio de su angustia, y allí escribe el Salmo 63:
“1. Dios, Dios mío eres tú; De madrugada te buscaré; Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, En tierra seca y árida donde no hay aguas,
2. Para ver tu poder y tu gloria, Así como te he mirado en el santuario.
3. Porque mejor es tu misericordia que la vida; Mis labios te alabarán.
4. Así te bendeciré en mi vida; En tu nombre alzaré mis manos.
5. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, Y con labios de júbilo te alabará mi boca,
6. Cuando me acuerde de ti en mi lecho, Cuando medite en ti en las vigilias de la noche.
7. Porque has sido mi socorro, Y así en la sombra de tus alas me regocijaré.
8. Está mi alma apegada a ti; Tu diestra me ha sostenido.”
Pr. Herman Gajardo P.



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