“1. Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.”

Hechos 2:1

Entre todas las fiestas judías estaba la fiesta de las gavillas, descrita de esta manera en la ley: “Y contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que ofrecisteis la gavilla de la ofrenda mecida; siete semanas cumplidas serán. Hasta el día siguiente del séptimo día de reposo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis el nuevo grano a Jehová.” (Levítico 23:15-16), y esto tiene una tremenda connotación con la persona de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, pues Él tipifica la gavilla de la ofrenda mecida, que habla este versículo, y simbolizado en la crucifixión, y cincuenta días después, o sea en el día cincuenta, penta en griego, en el día de Pentecostés, vino el derramamiento del Espíritu Santo, dando inicio a la Iglesia. Para los judíos, que aún no aceptan a Jesús como el Cristo, o como el Mesías, Pentecostés lo celebran como el día en que Dios les dió la ley en el Monte Sinaí, que aseguran fue siete semanas después que salieron de Egipto.

En todo caso, el día de Pentecostés era un día especial y de fiesta para los judíos, tanto así que venían a Jerusalén personas de diferentes partes del mundo conocido en ese entonces, para ver todas estas fiestas. Los discípulos de Jesús estaban morando en un Aposento Alto, pues se encontraban orando, en espera de la promesa del Espíritu Santo, que Jesús les encargó hacer. El versículo que leemos hoy, dice que: “estaban todos unánimes juntos”, estaban todos en un mismo sentir, habían perseverado hasta ese día alrededor de ciento veinte, a pesar de que fueron más de quinientos que estuvieron presentes en la ascención de Jesús y que escucharon las instrucciones de esperar (1 Corintios 15:6). La falta de perseverancia de muchos continúa hasta hoy en la Iglesia, pues muchos aún siguen siendo solo espectadores del evangelio pero no participantes activos. Te invito a congregarte y dejar que el Señor guíe tus pasos.

Pr. Herman Gajardo P.