“7. Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; Ten misericordia de mí, y respóndeme.”
Salmo 27:7
Muchas veces oramos a Dios para pedir algo, puede ser algo esencial, muy necesario e importante para nosotros, como cuando pedimos por sanidad de nosotros, o de alguien querido que se encuentre enfermo, quizás también pedimos por cosas superfluas o innecesarias, pero que a nosotros nos gustaría tener, y muchas veces la respuesta no llega, y entonces descartamos una respuesta de Dios por nuestra impaciencia, y nos esforzamos en alcanzar aquello, pero por nuestro propio esfuerzo, y decimos, para conformarnos, que talvez no era la voluntad de Dios, pero en realidad, y de acuerdo a lo que nos enseñan las sagradas escrituras, es por nuestra falta de fe en el Señor, pues para Dios nada es imposible, por lo cual debemos ser persistentes, y pedir de corazón, tal como leemos en el versículo de hoy, donde David escribe: “Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo”, aquí entendemos que nuestra oración debe entonces ser un clamor, un anhelo profundo.
Después dice: “Ten misericordia de mí, y respóndeme”, entonces, nuestra oración, nuestro clamor, debe ser algo genuino, no algo “por si acaso Dios responde”, no, pues el Señor siempre está atento a nuestras oraciones (2 Crónicas 6:40), y lo que David nos enseña aquí, es que tenemos que clamar a Dios que tenga misericordia de nosotros, pues solo por su misericordia Él responderá nuestra oración, y más aún, es Dios mismo quien nos enseña a que debemos orar o clamar a Él, y también esperar en Él, pues entendemos que Dios tiene el control de todo, y Él responderá en su momento, y no necesariamente cuando nosotros queremos, así que sigamos insistiendo por esa respuesta que necesitamos, si aún no hay respuesta, sigamos insistiendo y clamando a Dios de corazón, pues “Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:17).
Pr. Herman Gajardo P.


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