“1. Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado.

2. Oh alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor; No hay para mí bien fuera de ti.

3. Para los santos que están en la tierra, Y para los íntegros, es toda mi complacencia.”

Salmo 16:1-3

Este es un hermoso Salmo escrito por el Rey David, en donde enfatiza su total dependencia de Dios, pues, en el versículo 1 escribe: “Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado”, demostrando así, y que él sabía que sus oraciones eran escuchadas por el Señor, porque en Él, había puesto su confianza. Y esto es un gran ejemplo a seguir por nosotros hoy, pues si David tuvo algunas dificultades, él supo confiar plenamente en Dios, y salir siempre victorioso, David desde pequeño había aprendido a confiar en el Señor, cuando cuidaba las ovejas de su padre, y las defendía valientemente de osos y leones. Quizás nosotros no peleamos contra osos o contra leones, pero son representativos de las dificultades que se levantan en nuestra contra, y que solo confiando en Dios podremos vencerlas.

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En el versículo 2, David escribe: “Oh alma mía, dijiste a Jehová: Tú eres mi Señor; No hay para mí bien fuera de ti”, aduciendo que él había aprendido a confiar en el Señor, pues Dios nunca falla, no importa cuán difícil sea el problema que tengamos que enfrentar. David sabía que sólo Dios es el Señor, y que fuera de su cobertura nada bueno podemos esperar, por eso sus grandes esfuerzos son infructuosos, porque confían más en sus habilidades, en sus contactos, en su experiencia, más que en Dios. El versículo 3 nos enseña que: “Para los santos que están en la tierra, Y para los íntegros, es toda mi complacencia”, por lo cual, nosotros, usted y yo, hemos sido santificados por la muerte de Jesús, y que si somos íntegros, si nuestro corazón es sincero, humilde, tendremos el beneplácito del Señor, y toda su complacencia.


Pr. Herman Gajardo P.