“21. Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado
22. en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;”
Colosenses 1:21-22
El versículo 21 que leemos hoy, comienza con la frase: “Y a vosotros también”, refiriéndose explícitamente a quienes estábamos totalmente perdidos, sin ninguna oportunidad de salvación, pero que a Dios le pareció bien el considerarnos para también darnos su salvación, pues, el versículo continúa diciéndonos: “que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras”, o sea, sin ninguna posibilidad de salir de nuestra oscuridad, debido al pecado imperante en nuestras vidas, tan alejados de Dios, sin saber nada de Él, unos perfectos extraños, y que el hacer lo malo era normal en nuestra vana manera de vivir. Pero Dios nos vió, y nos amó, y nos proveyó un Salvador, el cual nos reconcilió con Él, y por nosotros se entregó a si mismo, como un sacrificio vivo, sufriendo el oprobio, y haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
En el versículo 22, que leemos hoy, el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, nos enseña que Jesús nos reconcilió: “en su cuerpo de carne”, presentándose como uno de nosotros, en nuestro lugar, y lo hizo “por medio de la muerte”, con la gloriosa finalidad de rescatarnos, de redimirnos, “para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”, pues solo Jesús era el cordero perfecto, sin mancha, irreprensible, cuyo sacrificio sería aceptado por el Padre, y de esa manera Jesús nos presenta a cada uno de nosotros, a los que hemos creído en Él, como santos, pues Él nos santificó, y además sin mancha, pues su sangre nos limpia de todo pecado, y también irreprensibles, pues Él nos justificó delante del Padre. Maravilloso Jesús.
Pr. Herman Gajardo P.


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