“23. Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo.
24. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura, que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes. Y así lo hicieron los soldados.”
Juan 19:23-24
Jesús, en su condición de hombre, trascendería los tiempos y el pensamiento humano en relación a su persona, hoy sabemos, y eso pregonamos, que Jesús es el hijo de Dios, y que vino a salvarnos, muriendo terriblemente en esa cruz en nuestro lugar, pues nosotros, debido a nuestros pecados, transgredimos sus leyes, y merecíamos la muerte eterna, mas Jesús, muere en nuestro lugar y nos regala su vida eterna.
En los versículos que leemos hoy, se narra un suceso que ocurrió a los pies de la cruz donde Jesús estaba crucificado, los soldados que participaron en su flagelo y muerte, se repartieron entre sí sus vestidos, y su túnica, para no cortarla, echaron suertes sobre ella para que uno de ellos se quedara con ese hermoso atuendo, sin saber que estaban cumpliendo de esa manera, lo que estaba escrito en un Salmo profético de Cristo que dice: “Repartieron entre sí mis vestidos,Y sobre mi ropa echaron suertes” (Salmo 22:18).
¿Para qué querían las ropas del Señor?, porque querían tener algún recuerdo de este hombre que, para ellos, era mucho más que un judío, de hecho, uno de los soldados dijo: “verdaderamente, hijo de Dios era este hombre”. Los soldados Romanos, que eran de otra cultura, y no conocían las escrituras, presintieron que Jesús era alguien especial, y procuraron tener en sus casas alguna de esas pertenencias, pues jamás olvidarían lo que ocurrió ese día. Hoy solo nos queda el recuerdo de lo acontecido a los pies de esa cruz, y nuestra alma anhela el haber visto a Jesús, pero glorificamos a Dios, pues su Espíritu Santo está hoy con nosotros para animarnos, fortalecernos, y recordarnos todas las cosas.
Pr. Herman Gajardo P.


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