“19. por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,
20. y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.”
Colosenses 1:19-20
El plan de Dios de enviarnos un Salvador, consistía en mucho más de lo que hemos aprendido hasta ahora, pues es muy difícil asimilar en nuestra mente, lo grandioso y sublime de su amor para con nosotros. El apóstol Pablo trata de explicarlo en una de sus cartas diciendo: “que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:17-19), y en el versículo 19, que leemos hoy, dice: “por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud”, o sea, en Jesús habitaba toda la plenitud de Dios, en otras palabras toda la plenitud de Dios, estuvo viviendo físicamente entre nosotros, y “el mundo no le conoció” (Juan 1:10).
Pero la razón principal de su venida, la explica el versículo 20 de hoy: “y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”, el pecado produjo un quiebre en el relacionamiento de Dios con el hombre, pero Dios tuvo misericordia de nosotros y nos envió un mediador, uno que se pusiera a nuestro favor pues su juicio de muerte ya había sido decretado, y por medio de su hijo Jesucristo, reconciliarnos con Él, y además reconciliar todas las cosas, las que están en la tierra y las que están en los cielos, y estableciendo su paz mediante la sangre derramada por Jesús en la cruz en donde fue colgado. No merecemos su amor, pero sin embargo Él nos amó. Bendito Salvador.
Pr. Herman Gajardo P.


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