“8. pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

9. Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.”

Hechos 1:8-9

Jesús se reúne por última vez, antes de ascender a lo cielos, con quinientos de sus seguidores, y aprovecha la ocasión para reiterarles la promesa de la venida del Espíritu Santo, y les explica el motivo y la importancia que tendría el Espíritu Santo en nuestras vidas, y les dice: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo”, hasta ahora, sus discípulos y seguidores habían escuchado el evangelio, habían sido instruidos personalmente por el Señor, con señales y prodigios, pero para continuar con lo encomendado, necesitarían mucho más que sólo conocimiento, ellos y nosotros hoy, necesitamos el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas, de lo contrario nuestra predicación será infructuosa, pues podemos transmitir conocimiento, pero no vida, y el evangelio es poder y salvación (Romanos 1:16), y quienes tenemos la responsabilidad de predicarlo debemos estar llenos del Espíritu Santo.

Luego, el versículo 8 continúa diciéndonos: “y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, y esto pues, sin el poder de su Espíritu no se puede ser un testigo, de su magnificencia, su esplendor, su gloria, pero al ser investidos de su poder, podremos hablar con denuedo acerca del evangelio de salvación, en donde vivimos, donde trabajamos, donde estudiamos, donde nos movemos. El versículo 9 dice: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos”, era necesario que Jesús entregara esas últimas palabras y que muchos fueran testigos de su ascención al cielo. La Iglesia estaba a punto de nacer.

Pr. Herman Gajardo P.