“37. Perseguí a mis enemigos, y los alcancé, Y no volví hasta acabarlos. 38. Los herí de modo que no se levantasen; Cayeron debajo de mis pies. 39. Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea; Has humillado a mis enemigos debajo de mí.”

Salmo 18-37-39

Normalmente uno trata de evitar a los enemigos, pues hemos aprendido a no ser confrontacionales, que ellos hagan lo que quieran, pero nosotros haremos lo que consideremos correcto, pero, en el versículo 37, que leemos hoy, David escribe: “Perseguí a mis enemigos, y los alcancé, Y no volví hasta acabarlos”, o sea, no se trata de acostumbrarnos a vivir con aquellos enemigos que nos hacen la vida imposible, y que están en nuestra vida, en nuestro pensamiento, en nuestro corazón, y estos son los frutos de la carne (Gálatas capítulo 5), pues el daño que implica el no deshacernos de ellos no nos dejará entrar al cielo, por eso David nos enseña a perseguirlos, ubicarlos, identificarlos y eliminarlos, pues el evangelio es poder en nosotros para eliminar a nuestros enemigos, pues el pecado fue vencido y eliminado en la cruz.

En el versículo 39, leemos: “Pues me ceñiste de fuerzas para la pelea; Has humillado a mis enemigos debajo de mí”, Amén..!!, Jesús, al morir en la cruz, cargó sobre sí mismo, el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6), y a nosotros, los que creemos en Él y andamos según sus mandamientos, nos salvó, y nos hizo más que vencedores (Romanos 8:37), pues nos dió su Espíritu Santo, para tener poder y predicar el evangelio. Bendito sea nuestro maravilloso Dios.

Pr. Herman Gajardo P.