“4. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
5. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.
6. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden.
7. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.”
Juan 15:4-7
Desde el día que conocimos al Señor, nuestra vida cambió, no fue cuando comenzamos a ir a la iglesia, tampoco fue cuando comenzamos a participar en algún ministerio de la congregación a la que asistimos, ni fue cuando estudiamos lo que significa ser un hijo de Dios, nuestra vida cambió cuando tuvimos un encuentro personal con Dios, cuando fuimos desenmascarados por su maravillosa Presencia, y nosotros no pudimos seguir siendo los mismos.
Los versículos que leímos hoy nos hablan de algo que Jesús nos dejó como enseñanza, y quizás debiera decir como un mandamiento: “permaneced en mi”, porque separados de Él nada podremos hacer, y nada nos saldrá bien. Nuestra vida está escondida en Él. Nuestra vida depende de Él. Sin Él no somos nada. Si no permanecemos en Él, seremos echados fuera, pues si no llevamos fruto seremos podados.
Si permanecemos en Él, y si sus Palabras, sus mandamientos, sus preceptos, permanecen en nosotros, podremos pedir todo lo que necesitemos o queramos, y Jesús se compromete a que será hecho. Vivamos en Él. Disfrutemos de su Presencia y de su cobertura, y veremos la mano de Dios a nuestro favor. Solo debemos creer.
Pr. Herman Gajardo P.


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