“7. Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. 8. Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; 9. y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones.”

Hechos 15:7-9

Frente a la discusión en relación a si debían o no circuncidarse los gentiles que creían en Jesucristo como Señor y Salvador, el apóstol Pedro toma la palabra para declarar que Dios lo usó a él para que los gentiles oyeran el evangelio de Jesucristo, cuando lo envió a casa de un centurión Romano llamado Cornelio, después de haber tenido una visión. Además, todos fueron llenos del Espíritu Santo igual que ellos en el Aposento Alto el día de Pentecostés, por lo cual, las buenas noticias de la Salvación por medio de la muerte de Jesús en la cruz, era para todo aquel que creyere, no importando su nacionalidad. Pedro enfatiza sobre el gran amor de Dios por toda la humanidad, y en el versículo 8, dice: “Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros”, Jesús se dió a sí mismo por cada uno de nosotros.

En el versículo 9 leemos una tremenda y gloriosa declaración: “y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones”, aduciendo que la circuncisión física equivale a la purificación de nuestros corazones, dándonos a nosotros, los gentiles, la misma bendición prometida al pueblo de Israel, y cumpliéndose así la promesa hecha por Dios a Abraham cuando le dijo: “y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).

Pr. Herman Gajardo P.