“1. Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.

2. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.

3. Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día.

4. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano.

5. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.”

Salmo 32:1-5

Todos anhelamos ser bienaventurados, felices, y este Salmo nos enseña que para lograrlo debemos desligarnos de nuestras transgresiones, y la única forma de hacerlo es que Dios perdone nuestros pecados, y para que ello ocurra debemos primero arrepentirnos, reconocer que hemos pecado, y pedirle perdón al Señor, el cual está siempre dispuesto a perdonar, y a olvidarse de nuestros pecados.

Este salmo nos enseña que bienaventurado es “el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño”, o sea, somos totalmente dependientes del Señor y bajo su protección y benevolencia siempre estaremos seguros y bendecidos, pero si estamos en desobediencia, o alejados de sus mandamientos, nuestra existencia estará supeditada a nuestra humana sabiduría, lo cual no nos da ninguna seguridad de protección o salvación.

Al estar fuera de la cobertura de Dios, nuestra vida está a merced de la iniquidad del pecado y nada será fructífero, como lo detallan los versículos 3 y 4 del Salmo leído, y nuestra única salida, nuestra luz en medio de la oscuridad reinante es el reconocer nuestros pecados, confesarlos delante de Dios, arrepentirnos, y Él perdonará nuestros pecados, y podremos reencontrarnos con el Camino de nuestra Salvación. Maravilloso Dios de amor y misericordia.

Pr. Herman Gajardo P.