“7. Jehová es mi fortaleza y mi escudo; En él confió mi corazón, y fui ayudado, Por lo que se gozó mi corazón, Y con mi cántico le alabaré.
8. Jehová es la fortaleza de su pueblo, Y el refugio salvador de su ungido.
9. Salva a tu pueblo, y bendice a tu heredad; Y pastoréales y susténtales para siempre.”
Salmo 28:7-9
Los Salmos nos enseñan a conocer a Dios, su grandeza, su poderío, su amor, y su misericordia. Estos cánticos de antaño contienen experiencias íntimas de los salmistas, que han quedado plasmadas en sus escritos y han sido por generaciones un referente de poesía digna del Señor, pues su personaje central siempre fue Dios y nunca transaron, ni perdieron el verdadero objetivo de la adoración, que solo le pertenece a Él.
Cuando el salmista escribe que Jehová es su fortaleza y su escudo, es porque realmente lo experimentó, una y otra vez en su vida y en cada situación adversa que tuvo que enfrentar, y su apoyo, su ayuda incondicional, su fuerza, su confianza, siempre fue el Señor. Ellos no escribieron fantasías, ni ideas filosóficas ni sociales, ellos describían una y otra vez, quien y como era Dios y su actuar. Por lo cual, al escudriñar en cada Salmo encontramos tremendas y poderosas características del Señor, que los salmistas y compositores cristianos de hoy deben tener siempre presente.
Bendito sea nuestro maravilloso Dios, y su grandeza y su poder permanece para siempre, Él es digno de loor, digno de recibir la honra, y la gloria, y el poder, por siempre y siempre. Nos unimos a adorar al Señor cantando con todo nuestro ser, de manera de cumplir lo que las sagradas escrituras nos enseñan, y amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente, y con todas nuestras fuerzas”… Amén..!! Que así sea..!! Que ninguna de estas maneras de amar a Dios falten en nuestra adoración..!!
Pr. Herman Gajardo P.



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