“1. Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones,
2. desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación,
3. si es que habéis gustado la benignidad del Señor.”
1 Pedro 2:1-3
En estos versículos, que comienza el capítulo 2 de la primera carta del Apóstol Pedro, las enseñanzas fluyen, aconsejando a quienes las leemos y nos sometemos a sus preceptos, pues claramente, y sin lugar a dudas, vienen directamente de Dios para nosotros, y lo primero que leemos es: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones”, e inmediatamente nos damos cuenta que lo primero que tenemos que hacer es una evaluación de nuestra vida, de nuestro comportamiento, de nuestras reacciones, de nuestros anhelos, de cómo queremos que nos vean, de cómo queremos que nos respeten, ó simplemente analizar cuál es la intención de nuestro corazón, y entonces, este versículo 1 nos encandila con su maravillosa luz, y redarguye nuestra mente y corazón.
Lo que el apóstol Pedro entendió, al escuchar y ver al maestro a su lado, lo vivió, lo experimentó, y lo asimiló; y ahora lo enseña y lo deja por escrito; y en el versículo 2 agrega, para lograr revertir nuestra carnalidad: “desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada”, aquel alimento santo, ese que viene de lo alto, ese alimento que es puro, que no está contaminado con las tendencias y filosofías del mundo, y que Dios ha permitido que aún esté a nuestro alcance, en las sagradas escrituras, para que así, se cumpla lo que Jesús un día enseñó: “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4), y beber de esta leche espiritual, como nos enseña Pedro, “para que por ella crezcáis para salvación, si es que habéis gustado la benignidad del Señor”. Gloria a Dios..!! Bendito sea su Nombre..!!.
Pr. Herman Gajardo P.


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