“1. De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.
2. Señor, oye mi voz; Estén atentos tus oídos A la voz de mi súplica.”
Salmo 130:1-2
Siempre hemos oído esta frase: “la oración es la llave de todas las cosas”, también hemos leído que “La oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16), “Clama a mí, y yo te responderé“ (Jeremías 33:3), también sabemos que Dios se agrada de nuestras oraciones, Jesús enseñó a orar a sus discípulos, cuya oración es un modelo a seguir por cada uno de nosotros. En el caso de la oración de David, descrita en estos versículos que leemos hoy, enfatiza que su oración es un clamor genuino y de corazón, pues dice: “De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo”, o sea, desde el fondo de su corazón, donde el Señor puede sondear y comprobar que es con integridad. Aparentemente David estaba experimentando una situación complicada y difícil de enfrentar, pero él sabía que solo Dios podía ayudarle.
Luego, en el versículo siguiente, dice: “Señor, oye mi voz; Estén atentos tus oídos A la voz de mi súplica”, el salmista en su desesperación clama, gime, delante de Dios, de manera de captar su atención, anhelando que el Señor escuche su voz, que Dios esté atento a su súplica. Muchas veces nosotros pedimos a otros que oren por nosotros, que el pastor o nuestra autoridad gima por nuestra necesidad, pero acá el salmista nos da un certero ejemplo de que somos nosotros, los afectados, los que debemos gemir y clamar al Señor, los demás pueden ayudarnos intercediendo por nosotros, pero Dios debe escuchar nuestra voz y nuestro corazón.
Pr. Herman Gajardo P.


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