“12. El siguiente día, grandes multitudes que habían venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, 13. tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel! 14. Y halló Jesús un asnillo, y montó sobre él, como está escrito: 15. No temas, hija de Sion; He aquí tu Rey viene, Montado sobre un pollino de asna. 16. Estas cosas no las entendieron sus discípulos al principio; pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que estas cosas estaban escritas acerca de él, y de que se las habían hecho.”

Juan 12:12-16

La fama de Jesús era arrolladora, todos estaban atentos a sus movimientos, y al saber que venía a Jerusalén, se preparan para recibirle en grande, tomaron ramas de palmas o palmeras y las movían de un lado a otro, también ponían sus mantos en el suelo por donde Jesús pasaba al entrar en la ciudad, montado sobre un pollino, hijo de un asna, era un ambiente de fiesta, algarabía, y mucha alegría al verle entrar.

Los gritos de júbilo eran: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!”, reconocían a Jesús como el rey de Israel, le bendecían y exclamaban una y otra vez “¡Hosanna!”, que significa “sálvanos Señor”, todos esperaban la manifestación de Emanuel, el Cristo, el Mesías, el Rey que vendría… pero los principales sacerdotes no reconocieron a Jesús como el hijo de Dios, pero el pueblo lo vitoreaba, y clamaban “¡Sálvanos Señor!”, la situación política y social estaba en manos del imperio Romano, y en medio de eso Jesús entra triunfalmente a Jerusalén.

Pero Jesús no venía a reinar, eso será en el futuro, según nos enseñan las escrituras, por ese tiempo, cuando entró a Jerusalén, era para morir, para entregar su vida en rescate de todos nosotros, era para mostrar la dualidad de nuestros humanos sentimientos, pues hoy gritaban “Hosanna”, “Sálvanos Señor”, y unos días después gritaron “¡Crucifícale!”, ellos no vieron su real grandeza, pero Jesús venía a cumplir su propósito, Él venía a salvarnos, pero no de los Romanos, sino de la maldición del pecado, y así poder darnos acceso a la eternidad con Él.

Pr. Herman Gajardo P.