“7. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos;

8. sino por cuanto Jehová os amó…”

Deuteronomio 8:7-8a

Al leer estos versículos es inevitable, el sentirse conmovido por el inmenso amor de Dios por nosotros, pues existe en cada uno de nosotros el pensamiento que el Señor se fija en quienes somos, en lo que hacemos, en las habilidades que tenemos, en cómo pensamos frente a tal cual concepto divino, en cómo nos esforzamos por obedecerlo, por cumplirlo, por ponerlo en práctica, muchas veces escuchamos frases como “el Señor conoce mi corazón”, y se aduce con ello a que tenemos nobles intenciones, que no somos malos, que tenemos buenos sentimientos, aunque nuestros hechos no sean del todo loables, o incluso para justificarnos frente a un exabrupto que pudo herir a alguien.

Y estamos convencidos de que Dios busca personas de buen corazón, que tengan habilidades, ya sea para tocar algún instrumento, que canten bien, que sean buenos administradores, pues aquellas personas son las que Dios llama y usa en su obra, pero esos solo son nuestros personales planteamientos, pues el versículo 7, que leemos hoy, nos enseña una postura totalmente diferente, Dios no nos busca porque somos buenas personas, ni porque sobresalimos ante otros, no, fíjese que dice claramente: “No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos”, y la respuesta fundamental está en el inicio del versículo siguiente, y es maravilloso: “sino por cuanto Jehová os amó”, Gloria a Dios..!! Él nos amó..!! Él no se fijó en nada que nosotros seamos o hayamos alcanzado, es solo que Él nos amó..!!

Y así como éramos, pedantes, orgullosos, vanagloriosos, desobedientes, hacedores de maldad, pero, Él nos amó..!! nos vió en nuestra condición, y nos envió un Salvador, a Jesucristo, y su Palabra nos dice: “16. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17).


Pr. Herman Gajardo P.