
“10. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.”
Santiago 4:10
Una de las cosas que, desde pequeños nos enseñan nuestros padres, y que también en el entorno en que crecemos nos influyen, es el evitar que nos humillen, que nada ni nadie ejerza una superioridad sobre nosotros y nos opaque, nos disminuya, nos humille, además todos estarán de acuerdo en que jamás debemos dejarnos humillar. El diccionario dice que humillar es: “Hacer que una persona se sienta ofendida en su orgullo o su honor”, o sea que, el ser humillado tiene que ver literalmente con nuestro orgullo de lo que somos, o creemos ser, y obviamente si alguien nos humilla, es natural que nos sintamos ofendidos y menoscabados. Lo que se nos enseña es a aceptar el ser adulados, que se nos haga sentir bien en nuestro ego, que nos reconozcan nuestros logros, nuestro esfuerzo, nuestras cualidades, nuestros talentos, nuestros dones, nuestras habilidades, en general todo lo que somos, y que nos hace sentir orgullosos.
En el versículo bíblico que leemos hoy, nos dice claramente que debemos “humillarnos delante del Señor”, y este enfoque de enseñanza es totalmente contrario a cómo nos han formado… de ahí que nuestra primera humana reacción es a no hacerlo, a menos que entendamos delante de quien se nos está enseñando a humillarnos, pues al hacerlo debemos despojarnos totalmente de quienes somos nosotros, o sea anular nuestros deseos, nuestros sueños, nuestros gustos, nuestro orgullo. Jesús dijo: “el que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo…”. Jesús en Getsemaní oró diciendo: “Padre, hágase tu voluntad, y no la mía”. Jesús es nuestro referente de humildad, pues nunca hizo ostentación de sus virtudes. Jesús también dijo: “aprended de mí que soy manso y humilde…”. Y Dios “lo exaltó hasta lo sumo”.
Pr. Herman Gajardo P.


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