“4. No me he sentado con hombres hipócritas, Ni entré con los que andan simuladamente.
5. Aborrecí la reunión de los malignos, Y con los impíos nunca me senté.”
Salmo 26:4-5
En el inicio de este salmo, David se presenta delante del Señor pidiéndole que juzgue su actuar, que examine su corazón, de donde salen los pensamientos, aduciendo que Dios no debería encontrar nada malo, pero también apela a la misericordia del Señor si hay algo en él que no agrada a Dios. En los versículos que leemos hoy, David insiste en que Dios tome en cuenta sus buenas intenciones, y dice: “No me he sentado con hombres hipócritas, Ni entré con los que andan simuladamente”, pero, lo que de verdad David estaba escribiendo era lo que el Espíritu Santo le revelaba en relación a lo que en su simiente ya estaba germinando: integridad. Todos sabemos que Dios dijo que en David, había encontrado un hombre conforme a su corazón, y cuando Jesús fue bautizado en agua por Juan el bautista, se escuchó una voz que decía: Este es mi hijo, en el cual tengo complacencia (Mateo 3:17).
En el versículo 5, David escribe: “Aborrecí la reunión de los malignos, Y con los impíos nunca me senté”, y, si bien es cierto, David lo hizo, pero proféticamente estaba declarando lo que un día Jesús diría, al presentarse delante del Padre como nuestro perfecto mediador, pues todo lo que vivió y experimentó lo hizo por nosotros, se puso en nuestro lugar, nosotros todos somos pecadores, culpables de toda maldad, pero Jesús nos santificó con su preciosa sangre.
Pr. Herman Gajardo P.



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