“22. Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón;

23. porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás.”

Hechos 8:22-23

En los inicios de la predicación del evangelio, muchos eran atraídos por los prodigios y señales que eran hechas por los apóstoles, y en esta ocasión, en Samaria, un hombre llamado Simón, que practicaba la magia, engañando a la gente, pero viendo las señales creyó en el evangelio, se bautizó, y se unió a la iglesia naciente, pero cuando llega el apóstol Pedro, junto con Juan, quienes fueron enviados por la Iglesia en Jerusalén para indagar que el evangelio estaba llegando fuera de Judea, para orar por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, cuando Simón vio esto quiso también tener ese poder y le ofrece dinero a Pedro para él tener también esa unción, pero la reacción inmediata del apóstol Pedro fue: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”, de manera de aclarar a todos que la unción del Espíritu Santo no se vende ni se compra, pues es la Presencia de Dios en nosotros.

Luego, el versículo 23, dice: “porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás”, dando a entender que Simón tenía un serio problema que tenía que ser resuelto. Quizás hoy mismo también hay personas que han creído en el evangelio, se han bautizado, y hasta participan en una congregación, pero aún están viviendo en amargura y se encuentran prisioneros del pecado que los asedia, y no pueden vencer cuando son tentados, se esfuerzan pero todo es en vano. Si usted se encuentra en una situación similar, usted necesita ser lleno del Espíritu Santo, solo entonces recibirá poder y podrá ser verdaderamente libre y también ser un vencedor. Aférrese a la buena voluntad que Dios tiene para su vida.

Pr. Herman Gajardo P.