“8. A ti, oh Jehová, clamaré, Y al Señor suplicaré.

9. ¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura?¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?

10. Oye, oh Jehová, y ten misericordia de mí; Jehová, sé tú mi ayudador.

11. Has cambiado mi lamento en baile; Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.

12. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre.”

Salmo 30:8-12

En los versículos del Salmo que leemos hoy, vemos un compacto de un adorador, pues el autor ha experimentado en sí mismo cada palabra allí expresada comenzando el párrafo con publicar que se debe clamar y suplicar al Señor en esos momentos difíciles que alguien pueda vivir, enfatizando que mientras pueda, mientras tenga vida, debe alabar al Señor, pues una vez muerto y sepultado ¿cómo lo hará?.

En el versículo 10 reitera su clamor y dependencia del Señor pidiendo misericordia y que sea su ayuda en la necesidad, pero en el versículo siguiente, hay una declaración tremenda y poderosa: “Has cambiado mi lamento en baile; Desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría”, la amargura, la desolación, la tristeza, es abruptamente reemplazada por todo lo contrario, reconociendo que sólo Dios puede cambiar nuestro lamento en baile, y llenarnos de alegría..!! Gloria a Dios..!!

Luego en el versículo 12 el salmista llega a una conclusión personal que todos debemos imitar: “Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te alabaré para siempre”, y este es un claro llamado a alabar y a adorar al Señor por lo que Él es, por lo que hace por nosotros, por su gran amor, por su misericordia, por su fidelidad, por salvarnos, por darnos vida eterna, por estar con nosotros siempre, y porque Él se merece toda la honra y toda la gloria.

Pr. Herman Gajardo P.