
“21. Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas.
22. Tan torpe era yo, que no entendía; Era como una bestia delante de ti.
23. Con todo, yo siempre estuve contigo; Me tomaste de la mano derecha.
24. Me has guiado según tu consejo, Y después me recibirás en gloria.
25. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.
26. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.”
Salmo 73:21-26
Esta es una hermosa porción de un Salmo en que David, su autor, abre su corazón delante del Señor y reconoce que aunque él estuvo sumergido en la desesperanza, amargado, triste, con su corazón apretado, sin reacción ante la adversidad... al igual que muchas veces nosotros nos hemos sentido, y no sabemos qué hacer. Realmente la Palabra a veces es un espejo de nosotros mismos, como en este Salmo, que nos dice que nuestra torpeza no nos permite razonar bien y no sabemos qué hacer.
Pero David también reconoce que en esa triste condición, el Señor siempre estuvo con él, que él pudo sentir la mano del Señor fortaleciéndole, que su Palabra fue la que lo guió a tomar decisiones acertadas y además reconfortó su alma al saber que un día Dios lo recibiría en su Presencia.
Por eso David escribe “¿A quien tengo yo en los cielos sino a ti?”. Pues al reconocer su condición al lado de la majestuosidad del Señor, David se considera indigno y declara “porque fuera de ti nada deseo en la tierra”. David entendió que no necesitamos nada más que a Dios con nosotros, pues nada es más importante que su Presencia.
Al igual que David, que en nuestro corazón esté este mismo concepto, este mismo deseo, este mismo planteamiento, que aunque las circunstancias nos agobien, Dios siempre será nuestra fortaleza y todo lo que necesitamos.
Pr. Herman Gajardo P.


Sé la primera persona en compartir una reflexión.