“5. ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí?Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.

6. Dios mío, mi alma está abatida en mí; Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar.

7. Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí.

8. Pero de día mandará Jehová su misericordia, Y de noche su cántico estará conmigo, Y mi oración al Dios de mi vida.”

Salmo 42:5-8

Cuando entregamos nuestra vida en manos de Dios, y lo hacemos con total sinceridad, lo primero que sentimos es paz, tranquilidad, el agobio desaparece, las inquietudes son satisfechas y todo a nuestro alrededor cambia, de tal manera que la ansiedad que era parte de nuestra existencia, se desvanece, y nos sentimos seguros y confiados en el Señor. El Salmista que escribió este Salmo, también había aprendido a confiar en el Señor, pero algo tan fuerte le había sucedido, que su reacción no era la que él esperaba tener, por lo cual se habla a sí mismo y se dice: “¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí?”. Algo en su interior se había deteriorado.

Frente a esta situación, el Salmista se anima sí mismo diciéndose: “Espera en Dios”, pues él sabía que frente a las circunstancias adversas solo debemos aprender a esperar en el Señor, pues solo de Él viene nuestro socorro. En el versículo 7 leemos: “un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas”, dándonos a entender que cuando se nos viene un problema encima, nuestra humana reacción y con el corazón destrozado, y el alma abatida, las lágrimas corren como cascadas, y la consecuencia de eso es el que otro problema adicional se sume a nuestra angustia, trayendo más dolor. Por eso el salmista sabe lo que se debe hacer, y esto es “esperar en Dios”, y escribe el versículo 8: “Pero de día mandará Jehová su misericordia, Y de noche su cántico estará conmigo, Y mi oración al Dios de mi vida”. Maravilloso Dios de amor que nos consuela y nos levanta del polvo.


Pr. Herman Gajardo P.