“1. Jehová, escucha mi oración, Y llegue a ti mi clamor.
2. No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia; Inclina a mí tu oído; Apresúrate a responderme el día que te invocare.”
Salmo 102:1-2
En estos versículos que leemos hoy, vemos claramente que el salmista necesitaba una respuesta del Señor, y abre su corazón para pedir y clamar por su necesidad, con la certeza que Dios es el único que puede acudir en su socorro. Quizás es la misma y angustiante situación que muchos de nosotros hoy podemos estar experimentando, y el Dios del salmista es nuestro mismo Dios, y Él siempre escucha nuestra oración y nuestro clamor. El salmista le pide que escuche su oración, y que su clamor llegue hasta Él. Una de las cosas que tenemos que tener siempre presente es la perseverancia, pues Dios siempre apreciará nuestra insistencia, tal como lo hizo el salmista.
En el versículo 2 leemos: “No escondas de mí tu rostro en el día de mi angustia”, y eso es lo que muchas veces nosotros sentimos, pues una respuesta divina siempre para nosotros es apremiante, pero Dios responde no con la prontitud que nosotros esperamos, y nuestra necesidad es angustiante, por lo cual nuestro clamor es que Dios, quien es el único que puede ayudarnos, no se tarde, que no esconda de nosotros su rostro, que acuda en nuestra ayuda. Y el salmista insiste en su oración y le pide a Dios que “no esconda su oído”, como si el Señor no quisiese escucharlo, y en su clamor desesperado le dice: “Apresúrate a responderme el día que te invocare”, como si nosotros le indicásemos a Dios lo que debe hacer, pero Dios examina nuestro corazón y Él conoce nuestra intención, y que en nuestra desesperación fluyen esas palabras ansiosas de una respuesta. Bendito sea nuestro misericordioso Dios.
Pr. Herman Gajardo P.



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