“7. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar.

8. Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos.

9. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.

10. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar.”

Juan 21:7-10

Juan se denominaba a sí mismo como “el discípulo que Jesús amaba”, que gratificante es sentirse amado por el Señor, pero esa condición no solo la podía ostentar Juan, sino también tú y yo, pues cada uno de nosotros somos amados por el Señor, y el solo pensar en eso es gratificante… Dios me ama… Juan tenía una cercanía mucho más estrecha con Jesús que los demás discípulos, siempre se sentaba a su lado, y tal vez le conoció más en intimidad que los demás, de hecho en sus escritos, él describe a Jesús desde un punto de vista de su divinidad, quizás ese conocimiento se activó en él cuando estaba en esa barca y reconoció a ese hombre que les gritó desde la playa, y supo que era Jesús, y se lo dice a Pedro.

Pedro de inmediato se pone la ropa y se lanza al agua para nadar rápidamente hacia la orilla, donde estaba Jesús. Los demás discípulos venían en la barca, arrastrando la red repleta de peces, al llegar a tierra ven a Jesús, quien los esperaba con brasas puestas, con un pez encima de ellas y además un pan. Jesús había encendido un fuego, con brasas ardientes como las que arden continuamente en su altar, quizás las sacó de allí, y un pez que sobrenaturalmente apareció encima de las brasas, y un pan, un “Maná”, un pan del cielo..!!, y además, les pide más peces, de esos que acababan de pescar… para asarlos en esas brasas tan especiales, como un referente o una muestra de poner en el altar las primicias de un milagro en agradecimiento de sentirse nuevamente ante la Presencia de Jesús resucitado.

Pr. Herman Gajardo P.