“5. Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
6. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas;
7. y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.
8. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.”
Isaías 6:5-8
La tremenda experiencia que tuvo el profeta Isaías en la Presencia del Señor, no fue solo algo que él vió, sino que también fue tocado profundamente por lo que allí ocurría, pues al ver la majestuosidad del Señor, él se considera indigno de estar allí y muy conmovido exclama: “Ay de mí que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos”.
En ese momento, uno de los serafines con un carbón encendido, tomado con unas tenazas desde el altar, toca los labios de Isaías y le dice: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado”, ante lo cual el profeta entendió perfectamente que el estar allí, aparte de ser un gran privilegio, para él fue crucial al entender la importancia de su llamado, y el de ser usado por Dios.
Pero no todo termina allí, sino que Isaías escucha la voz de Dios decir: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”, ante lo cual de inmediato se pone de pie y grita: “Heme aquí, envíame a mi”, entonces Dios le entrega un mensaje para el pueblo de Israel. Quizás la Biblia no contiene muchos ejemplos de experiencias similares a la de Isaías, pero esta es una tremenda enseñanza para cada uno de nosotros, para darle la importancia debida a la adoración en la Presencia del Señor, la cual nos limpia, nos santifica, y nos hace ponernos a disposición de su voluntad, y poder exclamar cómo Isaías: “Heme aquí, envíame a mi”.
Pr. Herman Gajardo P.


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