“9. Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, Alzó contra mí el calcañar.
10. Mas tú, Jehová, ten misericordia de mí, y hazme levantar, Y les daré el pago.
11. En esto conoceré que te he agradado, Que mi enemigo no se huelgue de mí.
12. En cuanto a mí, en mi integridad me has sustentado, Y me has hecho estar delante de ti para siempre.
13. Bendito sea Jehová, el Dios de Israel, Por los siglos de los siglos. Amén y Amén.”
Salmo 41:9-13
Que terrible es la traición, el Salmista aquí expresa con conocimiento de causa su sentir frente a quien siendo su amigo, el “hombre de mi paz” dice, o sea la persona con la cual él se sentía bien, y en confianza, el “que de mi pan comía”, el que llegaba a su casa, y comían juntos, a quien él podía confidenciarle cosas, contarle lo que su corazón sentía, pero que se levanta contra él y lo traiciona.
Pero, a pesar de la traición, él sigue confiando en el Señor, y le pide a Dios que tenga misericordia de él y que lo levante, que no lo deje deprimido, de manera que su enemigo no se burle de él, ni se sienta superior. Una traición nos descompone, nos aturde, nos debilita, nos rompe el corazón, y es muy difícil el volver a confiar, pues la desconfianza se apodera de nuestras decisiones y solo Dios puede levantarnos.
El Salmista pone su confianza en Dios y le agradece que “en su integridad lo ha sustentado” y le ha permitido estar siempre delante de Él, en esos momentos tan complicados de su vida, y le da la honra y la gloria al Señor. No hay duda alguna que lo vivido por David, el autor de este Salmo, fue una vivencia profética de lo que experimentaría Jesús cuando estuvo entre nosotros, pero también es una enseñanza para cada uno de nosotros, si experimentamos algo así, sepamos que Dios sigue con su mano extendida para ayudarnos.
Pr. Herman Gajardo P.



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