“7. Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas,”

Tito 1:7

En el versículo que leemos hoy, el apóstol Pablo insiste, en enseñarle a Tito, que “es necesario que el obispo sea irreprensible”, y esto, pues Pablo sabía o conocía acerca de las nefastas consecuencias que un obispo o cualquier autoridad eclesiástica tendría que enfrentar si no fuese irreprensible, pues no sólo afectaría a su entorno inmediato, sino también a todos los que dependen de él o son enseñados por él, ya sea porque él ocultaba algo o haya sido sorprendido en alguna falta, y además la mala imagen que de él tendrán sus detractores y los que escuchen hablar de él, considerando que una mala práctica en alguien que tiene que ser un referente para los demás, es obviamente inaceptable, y en mayor grado para quienes tenemos un cargo eclesiástico, por lo cual el apóstol Pablo, aquí en este versículo, lo considera “necesario”, o sea imprescindible.

En el versículo también el apóstol Pablo, ratifica que tenemos la responsabilidad de ser “administradores de Dios, y esto no se trata de nosotros administrar a Dios (eso es un error garrafal), sino que se trata de que Dios nos puso a nosotros como administradores de sus posesiones, o de los cargos que tenemos que ejercer bajo sus preceptos, y también bajo su autoridad y su voluntad, pues nada debemos hacer que Él no nos haya encomendado, aunque las presiones del medio nos empujen a asumir alguna postura, ya sea política o social, nosotros somos sus ministros y solo debemos abocarnos de lleno a eso. Además el versículo termina aclarándonos que como administrador de Dios, agreguemos a nuestra vida el ser: “no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas”. Dios nos ayude en nuestro cometido y permanecer fieles y leales.

Pr. Herman Gajardo P.