“6. Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día;”
Judas 6
En este versículo que leemos hoy, el apóstol Judas Tadeo nos habla acerca de un tema que no todos los escritos bíblicos mencionan, y es en relación a los ángeles caídos de, aquellos de los cuales dice el versículo: “no guardaron su dignidad”, ellos habían sido creados con un rango propio de realeza, eran distinguidos, eran dignos de ocupar un honroso ministerio en el Reino de los Cielos, pero “no guardaron su dignidad”, y fueron engañados por Lucifer, en su indigna rebelión contra Dios, y fueron expulsados del cielo, pero no quedaron libres como Lucifer y sus huestes angelicales rebeldes, no, ellos ocupaban un lugar de honor, y quizás hasta de confianza de Dios, pero decidieron abandonar sus deberes, y por consiguiente, abandonar su lugar de privilegio, pues, dice el versículo que: “abandonaron su propia morada”, y Dios mismo los encarceló “en prisiones eternas de oscuridad”, quizás eran tan especiales, tan poderosos, que Dios no les permitió quedar libres.
Es como si a este tipo de ángeles, Dios no les permitió asociarse con Lucifer, el cual es Satanás, padre de mentira, el diablo, el príncipe de este mundo, como las sagradas escrituras lo mencionan, y fueron encarcelados “para el juicio del gran día”, termina enseñándonos el versículo, y este juicio se refiere al mencionado en Apocalipsis, que ocurrirá después del reinado de Jesucristo, por mil años, acá en la tierra, en donde Jesús lanzará al infierno a Satanás con todos los ángeles que se rebelaron. Fíjese bien que estos ángeles fueron creados con un propósito eterno, lo cual los hacía prácticamente intocables, muy poderosos, pero al rebelarse contra su Creador, perdieron todos sus privilegios y promesas eternas de grandeza, por lo cual esto corrobora el planteamiento del apóstol Judas Tadeo sobre nosotros que un día fuimos llamados a salvación a través del evangelio, debemos mantenernos firmes y leales en nuestro lugar junto al Señor, pues sino podríamos perderlo todo.
Pr. Herman Gajardo P.


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