“7. Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, La piedra que los edificadores desecharon, Ha venido a ser la cabeza del ángulo;”
1 Pedro 2:7
El apóstol Pedro conoció a Jesús en todo su esplendor, lo vió por primera vez cuando lavaba las redes después de una infructuosa noche de pesca, y un milagro ocurrió al obedecer a Jesús cuando le dijo que echara la red a la derecha, pues sacaron tantos peces que Pedro quedó totalmente conmovido, atónito, estupefacto, y lo reconoce como Señor, y se mira a sí mismo, y se considera un indigno pecador, pero Jesús lo desafía a ser un pescador de hombres. Pedro lo vió haciendo milagros, prodigios y señales que solo el Cristo, el hijo del Dios viviente podría hacer. Lo vió también en el monte con su rostro totalmente brillante, transfigurado, lo vió en su verdadera esencia. Lo vió crucificado, muerto, y también lo vió resucitado. Nosotros no lo vimos, pero hemos creído en Él y en su evangelio, y su Espíritu Santo está hoy con nosotros.
Para Pedro, Jesús era alguien digno por el cual dar la vida, era alguien de valor incalculable, infinito, precioso, pero “para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” dice el versículo que leemos hoy. El apóstol Juan escribió que: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11). Jesús fue rechazado, porque no le conocieron, pero es el fundamento de nuestra fe, es la base sólida de su templo, su Iglesia, Él es el importante, es la cabeza del ángulo, la cabeza de la Iglesia. Es nuestro Señor y nuestro Salvador.
Pr. Herman Gajardo P.


Sé la primera persona en compartir una reflexión.